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Editorial
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El ADN de las dictaduras
Jueves,  19 de Octubre, 2017

Erróneamente se cree que el mejor distintivo de las dictaduras es la violencia, cuando en realidad se trata de una consecuencia de otros factores que no tienen nada que ver con fusiles, cuarteles, detenciones y desapariciones.

Los dictadores no surgen solos, no llegan por arte de magia al poder y en numerosas ocasiones no hace falta el uso de tanques ni carros de asalto para entronizarse. Ha habido célebres dictadores que se encumbraron por medio de las elecciones, con el apoyo popular y la ayuda de movilizaciones sociales. De hecho esa parece ser la característica principal de los nuevos procesos dictatoriales del Siglo XXI y si alguien se asombra con las tropelías de un Maduro, por ejemplo, tendría que compararlas con las atrocidades de un Hitler, de un Castro o de Mao.

En otras palabras, el uso generalizado de la violencia, el abuso contra los derechos humanos y la corrupción, si bien son elementos que más destacan de las dictaduras, por el horror y el sufrimiento que causan en la gente, no constituyen la esencia de los regímenes totalitarios y en todo caso deberían considerarse otros factores que son comunes a todos los absolutismos, desde el que se ejerce en la tribu más primitiva, pasando por los sistemas imperiales antiguos, las monarquías medievales y los sistemas militaristas tan comunes en el Siglo XX.

Los dictadores y las castas que los sustentan acceden al poder porque aseguran representar los genuinos intereses de la población, cuando en los hechos sienten un desprecio por la ciudadanía, la creen inepta, carente de inteligencia y de preparación para buscar sus propias opciones, para hacer uso pleno de sus libertades, especialmente la de conciencia. Los monarcas, caudillos y cualquier otro tipo de líder de este tipo, se creen predestinados para conducir al pueblo; hay en ellos un sentimiento de superioridad que es admitido por las masas que terminan convencidas de que sufren de castración política y por ende carecen de libertad para la autodeterminación.

La violencia llega cuando hay sectores que no aceptan esta supuesta inferioridad frente a los grupos gobernantes que no solo se embadurnan de todos los lujos, privilegios y placeres, sino que llegan incluso a dotarse de poderes y orígenes divinos. Los fusiles se hacen escuchar cuando los estómagos de los más pobres se van quedando vacíos, porque los dictadores siempre terminan presos de sus excesos y dejan sin comer a los que prometieron cuidar y proteger.

En resumidas cuentas, la dictadura anida en las mentes de grandes sectores de la ciudadanía que, de manera inconsciente o no, reconocen su incapacidad para conducirse en sociedad sin la necesidad de un gendarme que le ofrece una mejor vida a cambio de que cada individuo ceda una porción de su independencia. El saldo en todos los casos, desde que existe la humanidad hasta la fecha, es que al final, se pierden ambas: la vida y la libertad.

Los dictadores y las castas que los sustentan acceden al poder porque aseguran representar los genuinos intereses de la población, cuando en los hechos sienten un desprecio por la ciudadanía.

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