Siguenos en:
Jueves
 21 de Noviembre de 2019
Editorial
Cartuchos de harina
Mar para Bolivia: cuidar la lengua no de Adán, sino la de Evo
Domingo,  9 de Agosto, 2015

Las declaraciones del Presidente sobre la posible expulsión del Cónsul de Chile son una pifiada que ayuda a los adversarios duros de Bolivia y socava nuestra exitosa campaña internacional. Por ejemplo, juega a favor del canciller de Chile, por quien es difícil sentir aquí otra cosa que antipatía. Heraldo Muñoz ha hecho parte de su perfil político la disputa boca a boca con el Presidente, lo que por jerarquías nos deja en offside. Muñoz es el ministro mejor situado en las encuestas en Chile. Las erupciones presidenciales llevan agua a ese molino, vaya paradoja.

No es que Chile sea incapaz de efectuar tareas de inteligencia en Bolivia, actividad corriente según ha mostrado hasta Estados Unidos en perjuicio de sus aliados. Pero sería torpe que Chile confiara esa oscura faena a su funcionario más visible en Bolivia.

El Procurador del Estado recordó que Perú, por ejemplo, destapó dos casos de espionaje atribuidos a Chile, pese a las buenas relaciones entre ambos países. Sin embargo, la diferencia con la actuación boliviana es que Perú -que sí tiene noción de conjugar intereses y diplomacia- identificó a los militares involucrados, los juzgó y provocó altercados sustentados con Chile. Aunque fuera difícil un esclarecimiento pleno, Chile sufrió ahí un bochorno, con investigaciones y datos. Los peruanos no amenazaron; actuaron. Bolivia, en cambio, luce como un Estado policíaco, incapaz de entregar prueba de las graves aseveraciones de su presidente, no de un coronel irritado.

Una cuestión así no puede ser objeto de una arenga al cohete. Si el Presidente tiene bases para acusar al Cónsul chileno, peca al no actuar en consecuencia y aportar información capaz de convencer no sólo a los agentes del Ministerio de Gobierno. El poder del Presidente fuera de Bolivia no es suficiente para que la comunidad universal tiemble y reaccione a su favor porque él diga.

Las frases presidenciales sirven para persuadir o erizar a la audiencia internacional que sigue el litigio en La Haya, con actores cruciales como el Papa, los jueces y los Estados a los que llega nuestro portavoz, Carlos Mesa. Éste suele exponer incluso con dureza, pero midiendo sus palabras para no lastimar la estrategia nacional. Al Presidente le costaría menos callar o seguir ese ejemplo.

Los intereses nacionales son muy delicados como para manejarlos al ritmo de los estados de ánimo presidenciales. Hasta en la guerra hay códigos que seguir. Y si se ha demandado en La Haya que Chile negocie de buena fe, seamos consistentes. Si la estrategia fuera la gresca, sería igualmente inconducente que Evo ofertara a Chile en público una alianza militar.

Con las premisas presidenciales acerca del proceder del diplomático chileno, con mala leche se podrían recordar los años en que Evo negoció con la misma Bachelet y su equipo. Se podría preguntar si el Gobierno no fue entonces negligente al permitir la incursión chilena en asuntos nacionales. En 2008, por ejemplo, visitó el Palacio Quemado el excanciller chileno Juan Gabriel Valdés, a nombre de UNASUR. Bajo la presidencia de Bachelet, esa organización discutió en Chile los alarmantes conflictos bolivianos de aquel año. Nadie entonces utilizó los razonamientos presidenciales de ahora porque hubiera sido una majadería, aunque no pasara inadvertida la apertura de un gobierno “nacionalista y de izquierda”, a que asuntos internos se trataran abiertamente, en Santiago.

El Presidente hace unos días formuló a Chile una propuesta mesurada y leída, de reanudar relaciones y negociar el diferendo marítimo con garantía papal. Se comprende poco cómo de esa medida calculada, el Presidente transita grácilmente a la desproporción y luego retorna a la prudencia (como en su discurso el 6 de agosto).

El Presidente se equivoca cuando declara sin otros argumentos que su poder indiscutido o su capacidad de escarnio a sus críticos. Evo tiene todo el poder para afirmar lo que se le antoje, pero después de diez años se le puede pedir que cuide lo que dice. No necesita diez años más para eso.