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Editorial
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Una tarea ingrata
Sábado,  8  de Febrero, 2014

La proximidad de las fiestas de carnaval ha movido a las autoridades ediles de la capital cruceña a tomar sus recaudos para proteger los edificios históricos del casco viejo de la ciudad, como parte de sus propias obligaciones. En este punto, resulta lamentable comprobar que se ha hecho una costumbre -perniciosa y denigrante por cierto-, que durante los días de la Fiesta Grande de los cruceños algunos desadaptados que se autodenominan carnavaleros, se aboquen con ahínco al pintarrajeado de las fachadas de los edificios del centro de la ciudad. De hecho, debe considerarse como una agresión flagrante a Santa Cruz las actitudes de este tipo, que corresponde sancionar con dureza.
 
Si se analiza con serenidad, este tipo de conductas han ido de menos a más, sin que se haya aplicado el principio de autoridad y tampoco establecido límites ejemplares que sirvan de precedente. De pronto, lo que se ha considerado desde hace mucho -como corresponde a una tradición- una ocasión para relajarse y divertirse con amigos y familia, en un ambiente de optimismo y alegría, se convierte en una oportunidad para la violencia, la destrucción del ornato y la imagen de la ciudad. Todo por culpa de personas que con estos actos demuestran no solo una irresponsabilidad rayana en la delincuencia, sino que se convierten en una amenaza cierta para una fiesta popular.
 
Conviene destacar que las autoridades traten de prevenir la destrucción de las fachadas de los edificios que se consideran históricos para Santa Cruz, con la instalación de más de un centenar de cámaras de vigilancia en las calles, pero esto nos muestra el grado de susceptibilidad al que hemos llegado. En primera instancia, se atribuyen los atropellos mencionados a malos integrantes de las comparsas que participan en el carnaval. Por ello, conviene identificarlos con precisión. Así, para evitar desmanes se plasman compromisos en documentos escritos entre autoridades y representantes de comparsas. Sin duda, buenas intenciones nada más, porque durante las fiestas no existe control.
 
Si se ve bien, todo parece estar dispuesto para actuar después del carnaval, “a posteriori”, cuando todo haya pasado para después buscar a los culpables de los destrozos, si los hubiera. La sola colocación de plásticos transparentes para proteger las fachadas de las casas patrimoniales y las señalizaciones verticales de tránsito en el casco viejo vienen a resultar una muestra clara de la impotencia frente al vandalismo. Sin duda, parte de la juventud que participa del carnaval en comparsa, cree que pintarrajear paredes, vehículos, ornato y semáforos está dentro de lo normal. Los responsables de las comparsas deben asumir que semejante conducta vandálica está lejos de ser edificante.
 
A estos vandalismos debe caerles toda la fuerza de la ley. Los compromisos de las comparsas con las autoridades ya no deben considerarse un saludo a la bandera, como ha venido ocurriendo. Es hora que el ornato, edificios, monumentos de la capital se preserven aquí y ahora. Con mayor razón, el patrimonio cultural de Santa Cruz, que con tanto esfuerzo se ha hecho acreedor del reconocimiento público. Propios y extraños deben respetar a la ciudad y a sus habitantes, antes y durante el carnaval. Si bien las comparsas tienen delante de sí un tremendo reto, también las autoridades ediles tienen la ingrata pero obligada tarea del control, antes y durante, y no solo después del carnaval.

Es hora que el ornato, edificios, monumentos de la capital se preserven aquí y ahora. Con mayor razón, el patrimonio cultural de Santa Cruz, que con tanto esfuerzo se ha hecho acreedor del reconocimiento público.

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