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Cantando por un sueño
Martes,  26 de Julio, 2016

No me llevo bien con los himnos, sobre todo los marciales, principalmente porque son parte de un paquete que tiene que ver con esa historia tan llena de sangre que ha sido el devenir humano. Tampoco me gustan porque, en general, tienen letras que de tan patrióticas llegan a ser obscenas, o son simplemente absurdas. El único himno que me gusta es el de la Unión Europea, que yo conocí mucho antes de ser convertido en himno, y que en forma desorejada lo canté en mi niñez.

Hace un par de años, en una recepción en una legación europea paceña, luego de que se tocara ese himno, nuestro Canciller, a capela, se despachó unas estrofas del “Cóndor pasa”. Trató, sin éxito, que la concurrencia lo siguiera alentando a la gente con sus brazos casi aleteando, pero no recibió mucho más que una sonrisa entre irónica y diplomática. Hizo esto previa introducción diciendo que esa canción era la novena sinfonía andina, triste comparación. 

Ese episodio, que no llegó a ser bochornoso, pero que tuvo un carácter casi buñueliano, me volvió a la mente gracias a la performance de Antofagasta.

Si el coro que acompañó a su excelencia hubiera entonado: “Yo quiero un Mar para Bolivia” del autor chileno Pedro Telmo Caicano, el gesto hubiera tenido un algo muy especial, la canción es bonita, es acorde con la demanda boliviana, y fue compuesta por un chileno que, dice al menos la leyenda, hubiera perdido su nacionalidad debido a esa canción, (hubo tiempos en que las canciones eran tomadas más en serio, algo que, por suerte para nosotros, ya pasó).

Estando en el Atacama, cantar el himno a Abaroa, nuestro héroe aquilino, tan honrado también en Chile al extremo de que se han inventado una casa que Abaroa hubiera tenido en Calama, hubiera tenido también un gran sentido.

La canción de la Fuerza Naval, que clama por los territorios perdidos y augura un retorno de estos al seno de la patria, tiene una serie de problemas. Para empezar, dudo que la gente de Antofagasta, Tocopilla o Taltal se sientan identificados con tal anhelo, un buen ejemplo es la expresiva alcaldesa de Antofagasta, aunque posiblemente ella no sería vista en Santiago como una auténtica chilena, la confundirían con peruana o boliviana, transpira nacionalismo y del peor.

Hay más. Es una canción militar, y no habla de nostalgia, sino de volver a esas costas. Es un mensaje agresivo, un mensaje que no condice con nuestra constitución, que como diría el presidente Evo, es pacifista. De hecho, que sea cantada por altas autoridades bolivianas puede darles la razón a los chilenos ante La Haya en el sentido de que ellos dicen que lo que Bolivia quiere es una revisión del tratado de 1904.

Me pregunto: ¿por qué escoger precisamente esa canción? Parece una mera provocación. Bueno, como lo parece todo el viaje que hizo esa comitiva de altísimo rango pero de deficiente nivel.

El Canciller tiene derecho a ejercitar el canto. La vida es mejor cuando se canta: Me lo imagino muy bien en el papel de Sancho en El hombre de la Mancha, e imagino a la presidenta de diputados también perfecta como una Dulcinea. El resto de la comitiva que los acompañó a Chile podría, sin el menor esfuerzo, ser el coro de los habitantes de las mazmorras de la inquisición. Si hubieran cantado en Antofagasta, “Soñar,  el  sueño imposible...”, la hermosa canción central de ese musical, el efecto hubiera sido maravilloso.

Mientras tanto, lo ideal sería que alguien tome muy en serio, con paños fríos y sin aspavientos, la problemática alrededor del puerto de Arica. Ese puerto que nunca perteneció a Bolivia y que siempre fue paradójicamente su más importante puerto. Estoy seguro de que ambas partes, Chile y Bolivia, el puerto y los usuarios, deben escucharse y estoy seguro de que las cosas pueden mejorar. Ante todo, porque a ambos les conviene.