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Einstein tenía razón
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Las crónicas terrestres señalan a John Wesley Hyatt, inventor norteamericano del celuloide, como el responsable del primer producto plástico. Sin duda que su producto revolucionó la industria del cine, pero no le alcanzó -¡oh, paradojas de la vida!- para ganar el premio de 10.000 dólares que ofrecía Phelan ald Collarder en 1860. Se trataba de  conseguir un sustituto del marfil natural, destinado en esa época a la fabricación de bolas de billar. Quizás haya sido un prurito ecológico haya  motivado tal premio, pero lo más probable es que la dificultad de obtener marfil desde las sabanas de África haya tenido que ver. Con todo, nació el primer plástico, y con él una industria floreciente.
 
Pero los que saben afirman que el primer inventor del plástico fue nada menos que el genio de Leonardo Da Vinci, incluso antes que Alexander Parkes creara el primer plástico natural. En el año 1500, el maestro renacentista obtuvo una fórmula de combinación de colorantes, adhesivos animales o vegetales y fibras de origen orgánico, con los que se obtuvo un material similar al plástico, que permitió vestir una diversidad de elementos con una película irrompible. Todos saben que en 1909 Leo Hendrick Baekeland sintetizó el primer plástico sintético, que se llamó baquelita en su honor. Después la industria del plástico se diversificó de tal manera que inundó la vida humana.
 
Albert Eisntein solía decir que Dios no juega a los dados. Y por supuesto que tampoco al billar. Porque el premio de Pheland and Collarder ha provocado que el plástico sea uno de los más grandes contaminadores del medio ambiente. Si el lector dirige su mirada al comercio, comprobará que el uso de las bolsas plásticas es tan extenso y tan irresponsable, que resulta fácil deducir que proviene de una acción improvisada y sin idea del impacto ambiental. Muy humano y nada de divino. Lo deplorable es que los seres humanos, una vez usan las bolsas de plástico, las arrojan donde mejor les parece, ignorando que tardan hasta 400 años en desaparecer totalmente del medio ambiente.
 
Como las bolsas de plástico no son biodegradables, se ha pensado en inventar plástico biodegradable, lo que se ha conseguido felizmente. Lo triste es que la gente no se entera y menos sabe reciclar plástico. La producción de plásticos biodegradables o EDPs (environmentally degradable polymers and plásticos) a partir de materiales naturales es uno de los grandes desafíos de la ciencia y la tecnología. En ese campo, los polihidroxialcanoatos emergen como una opción prometedora. Sin embargo, tenemos que convenir en que la educación ambiental y la concienciación ecológica se presentan como las tareas a encarar con mayor decisión por ciudadanos, autoridades y gobiernos.
 
Y no crea, amable lector, que eso de la educación para la higiene y el reciclaje resulta una tarea de coser y cantar. Si se mira los canales de desagüe de la ciudad comprobará que las bolsas de plástico negras, especialmente, le dan un aspecto tétrico al panorama. Parecen buitres o “suchas” sobre los cadáveres orgánicos, pero sin duda no cumplen el rol limpiador ecológico de las aves de rapiña, sino todo lo contrario, porque contaminan el medio ambiente por siglos. Esas bolsas, tan numerosas, son arrojadas por el ciudadano común y corriente, por niños y jóvenes, y también por gente mayor. Einstein tenía razón. Lo del invento del plástico, en su cruz y cara, es nomás obra de humanos.

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Fernando-Luis--Arancibia-Ulloa-
Fernando Luis Arancibia Ulloa
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