Siguenos en:
Lunes
 15 de Julio de 2019
Deportes
Editorial
Cuando el 'desarrollo' nos pasa factura
Domingo,  3 de Septiembre, 2017

Quién puede hablar mal del desarrollo, si todos sueñan con alcanzarlo.

El mundo está dividido por este factor y no hay quién se atreva a cuestionar los paradigmas del crecimiento, del aumento del producto bruto interno, las rentas per cápita altísimas que nos ponen de ejemplo y otros indicadores que les quitan el sueño a los líderes, a los economistas y académicos.

Esta visión surgió como consecuencia de las grandes hazañas conquistadoras de los siglos XV y XVI que permitieron construir imperios como el inglés, el español o el portugués, con suma facilidad en comparación a lo que tuvieron que hacer durante cientos de años los griegos, los romanos o los mongoles para agrandar su poderío.

Eso fue posible gracias a la depredación y al despojo que cometieron en otros territorios, modalidad que se perfeccionó con la revolución industrial que todavía está en boga y que consiste en destruir en un lado para construir en otro; sacar de un lado para transformarlo en
otro sitio; llevar minerales de Bolivia a China y luego comprarles sus baratijas y chatarrerías que enriquecen a los chinos; tumbar todos los árboles del TIPNIS para explotar el gas, la coca y la madera, para que otros aprovechen esos recursos mejor que nosotros. Todo a nombre del desarrollo, del progreso de los indígenas, buscando que vivan mejor, que no hagan sus necesidades en el monte, sino en un inodoro sin cloaca que contamina el agua que todos bebemos.

Este desarrollismo que está en las mentes de nuestros gobernantes, que asocian lo natural con lo salvaje y por lo tanto, con lo peligroso y sujeto de domesticación, ha estado empujando a los seres humanos a dejar el campo para mudarse a las ciudades, donde se sienten más cómodos y seguros rodeados de cemento, asfalto, hierro y plástico. A los gobernantes nunca se les ha ocurrido pensar en otro tipo de desarrollo y tampoco han pensado en llevarlo al monte, a la selva, a las comunidades alejadas, donde el progreso no tendría por qué ser sinónimo de destrucción, sino de aprovechamiento sostenible, como sucede en países que han descubierto que la naturaleza es un gran tesoro que rinde tan bien como las fábricas.

Mientras que las ciudades crecen y se multiplican, las selvas se convierten en desiertos, los humedales en arenales y los campos de cultivo son arrasados por el agua y el viento. El problema es que ya ni siquiera las ciudades son seguras y tampoco son la garantía para vivir mejor que en el campo, especialmente cuando existe déficit de servicios tan básicos como el agua, tal como ocurre en Tarija, por ejemplo, una capital donde el “desarrollo” los ha dejado en graves problemas.

El ejemplo más patético, sin embargo, se ha producido en la ciudad de Houston, Estados Unidos, que ha sido noticia mundial por el paso del huracán Harvey. Esta urbe texana es la mejor representación del desarrollo sin normas, sin control ni límites y mucho menos con visión de respeto a las normas de la ciencia y la naturaleza. Lo más grave de todo es que lo que acaba de suceder es solo el principio.

Mientras que las ciudades crecen y se multiplican, las selvas se convierten en desiertos, los humedales en arenales y los campos de cultivo son arrasados por el agua y el viento. El problema es que ya ni siquiera las ciudades son seguras y tampoco son la garantía para vivir mejor.

Notas Relacionadas
©2016 Diario El Día Santa Cruz - Bolivia, Dirección: Av. Cristo Redentor, KM 7 zona ”El Remanso” - Teléfono piloto: 3-434040 Fax Comercial y Publicidad. 3-434781 - Fax Redacción 3-434041 - email: eldia@eldia.com.bo  |  Acerca de El Día