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OPINION
Economía en línea
Roba, pero hace
Domingo,  15 de Abril, 2018

Lamentablemente, en el mundo en general y en América Latina, el particular el cáncer de la corrupción corroe la sociedad, las instituciones y la economía. La mordida puede estar presente en un simple trámite que requiere de una buena aceiteada  o el adecuado timbre de aceleración hasta en una obra pública millonaria, que para adjudicarse, necesita de una quinciañera (15%) para que el jefe se jubile tranquilo. En el pasado, las licitaciones  tenían un carácter más religioso porque solo se habla del diezmo (10%) milagroso.  Las situaciones de corrupción se presentan en lo micro y lo macro, durante los controles de tránsito cuando se pide que aplique el artículo $ 100 del Código de Tránsito.  Aunque mucha gente me ha contado que ahora se produjo una inflación del cariñito necesario para engañar a la implacable napia, (versión nativa del alcoholímetro), del oficial Diga Farfan. Entre tanto,  la corrupción también está en las altas esferas, en lo que se conoce como la patria contratista, en la relación mafiosa de empresas privadas y Estado, cuya obra maestra es la Lava Jato de Brasil, pero que puede presentarse en cualquier compra o licitación del sector público, local o nacional donde la jabonada, la carnaza, el amollar o el reconocimiento son moneda común. 
     
La corrupción es el uso del sector público para obtener beneficios privados. En bueno español eso significa convertir al estado en la cueva de Alí y Baba y sus ciertamente más de cuarenta amigos Por supuesto que también existe corrupción entre privados.  Este es un mal que se presenta en administraciones tanto izquierda como derecha.  

Una pregunta que hace muchos años se hacen los economistas es de qué manera la corrupción afecta el crecimiento y desarrollo económico.  Cierta lectura, entre pragmática y cínica, sostiene que la corrupción no es mala porque engrasa los mecanismos burocráticos y pesados dentro del estado, y supera las leyes rígidas de control. En esta dirección lo que importa es el resultado de la inversión pública, por ejemplo. El subtexto de esta aproximación es la idea que ciertas gestiones roban o dejan robar, pero hacen obras. “Le meten no más” para que después los abogados arreglen, porque hay un bien mayor que es el resultado: un crecimiento económico elevado en base a infraestructura pública, carreteras, museos, edificios, transporte público y otros.  Esta manera pragmática  de ver el desarrollo enfatiza los efectos estáticos y de corto plazo del crecimiento económico.    Porque en una perspectiva más estructural, la corrupción hace un enorme daño a la economía y la sociedad.

Según estudios del Banco Mundial, empresas y las personas pagan aproximadamente 1.5 billones de dólares en sobornos cada año. Meterle la cucharada al dulce, este caso sería la pala, representa aproximadamente el 2% del producto interno bruto (PIB) mundial, y 10 veces el valor de la asistencia para el desarrollo en el extranjero. De manera agregada se calcula que las coimisiones se come entre 1 y 2% del PIB de los países latinoamericanos. Si este fuera el caso de Bolivia, nuestra economía, perdería por corrupción, lo mismo que pierde por no tener acceso libre y soberano al mar. Los mismo estudios empíricos mostraron que los más pobres pagan el mayor porcentaje de sus ingresos en aceiteadas. Por ejemplo, en Paraguay, los pobres pagan 12.6% de sus ingresos a sobornos, mientras que los hogares de altos ingresos pagan 6.4%. 

Por lo tanto, el roba pero hace mata a la economía en el mediano y largo plazo, porque: i)  debilita la capacidad del estado para aumentar los ingresos y por lo tanto de realizar inversiones públicas de calidad. Se da prioridad a montos y obras grandes, que son vistosas,  antes que inversiones en capital humano, por ejemplo,  que no se ven. ii) Infla costos y asigna mal los escasos recursos. Hace poco veía, en un hospital público nacional,  que se denunciaba que se compararon basureros a 3,800 bolivianos, pero que no habían ciertos insumos médicos para operar. 

La corrupción también provoca déficit público, porque obras públicas mal ejecutas, sobre dimensionadas  y sin retorno sobre la inversión terminan siendo financiadas por los ingresos públicos. Así mismo, la cultura de la mordida tiende a atraer a inversionistas extranjeros de dudosa reputación. La cultura del engrase también distorsiona y muchas veces fomenta el desarrollo de la economía informal, restándole recursos al estado y provocando la muerte lenta de centenas de pequeños empresarios que actúan en un mundo de negocios sin reglas de juego claras y a merced de la peculato y la extorsión. El soborno reduce los ingresos del gobierno y por la tanto limita y empobrece la provisión de bienes y servicios públicos. En suma, la corrupción mata el desarrollo económico y el pragmatismo del: “roba, pero hace” es un espejismo populista.

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Gonzalo-Chavez-
Gonzalo Chavez
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