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Editorial
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Reyes desnudos y solitarios
Jueves,  8 de Marzo, 2018

Un cuento de hadas de 1837, “El traje del emperador”, escrito por el danés Hans Christian Andersen, habla de un monarca que se preocupaba mucho de su vestuario. Un sastre astuto y travieso decidió burlarse de él y lo convenció de que podía confeccionarle un traje tan delgado y suave que sería imperceptible a los ojos de los tontos. Cegado por su arrogancia y narcicismo, el rey aceptó y a partir de ese momento no hizo más que caer en el ridículo, pues se paseaba desnudo por el pueblo y lo peor de todo es que nadie le decía nada por temor a ser tildado de estúpido o recibir un castigo mayor, ya que un gobernante de ese calibre, necesariamente tenía que ser autoritario y déspota.

Precisamente, la cronista venezolana Sabrina Martin utiliza esa figura de la literatura para referirse a la reciente cumbre de los países miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) realizada en Caracas, donde estuvieron presentes sólo cuatro de los doce presidentes que integran el bloque. Se trata de Bolivia, Venezuela, Nicaragua y Cuba, los únicos que siguen insistiendo en el fracaso como forma de conducir sus países y que todavía no se han dado cuenta del descalabro causado por el Socialismo del Siglo XXI.

La reunión se hizo en ocasión de un nuevo aniversario de la muerte de Hugo Chávez, principal impulsor de nuevas iniciativas de integración alrededor de las ideas populistas y que en su momento pretendieron reemplazar a las instancias tradicionales como la OEA, la Comunidad Andina y el Mercosur. Jamás hubiera imaginado el líder caribeño la situación de soledad y aislamiento en la que han caído sus principales delfines que transitan en medio de cuestionamientos, sanciones y la presión de organismos para que la crisis económica, social y política no derive en una tragedia humanitaria.

El propio Nicolás Maduro reconoció el encierro en que se encuentra al hablar de los “tres leales” que lo acompañaron hace unos días, es decir, Evo Morales, Raúl Castro y el nicaragüense Daniel Ortega. El colmo de la displicencia la cometió San Vicente, una diminuta isla del Caribe que vive de la exportación de plátanos y que en un pasado reciente se benefició de grandes cantidades de petróleo casi regalado que le enviaba el padrino venezolano. El Gobierno de este país envió al hijo del primer ministro como delegado a la cumbre.

Obviamente, nadie habló de comercio, de exportaciones ni de productividad, pues el ALBA nunca tuvo menor eficacia en estos ámbitos. El objetivo principal de la reunión fue darle apoyo al autócrata venezolano y presionar a la comunidad internacional para conseguir una invitación a la Cumbre de las Américas que tendrá lugar en Lima a mediados de abril, hecho que parece ser un caso cerrado, con la venia de la inmensa mayoría de las naciones del continente.

No queda duda que existe un consenso en la región de marcar distancia con Nicolás Maduro, a quien nunca le han reprochado aspectos ideológicos y la prueba está en la receptividad internacional que tuvieron los chavistas durante más de una década. El caso es que nadie está dispuesto a tolerar –como se hizo con Cuba durante tanto tiempo-, la continuidad de regímenes dictatoriales que violan los derechos humanos y eliminan la libertad de los pueblos.

El propio Nicolás Maduro reconoció el encierro en que se encuentra al hablar de los “tres leales” que lo acompañaron hace unos días en la cumbre del ALBA.

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