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Editorial
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Lágrimas en Brasil
Viernes,  6 de Abril, 2018
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Lo más dramático no fueron las lágrimas de Lula, la agobiante sesión de nueve horas de la Corte Suprema y su cinematográfico final ni las advertencias del Ejército en caso de que triunfe la impunidad. Lo más conmovedor de lo ocurrido en Brasilia el miércoles, durante la confirmación de la condena del expresidente brasileño, fue ver a esas multitudes defendiendo a un líder corrupto, cuya actuación y la de su partido ha llevado al país a la peor crisis económica de su historia.

Resulta conmovedor y, por supuesto, indignante, ver cómo la gente de los estratos populares saca la cara por las mafias políticas que precisamente son las culpables de su pobreza. Lula llegó al poder en el mejor momento de la historia brasileña y ejerció en un periodo de bonanza que tal vez nunca se repetirá. Prometió “hambre cero”, pero en cambio, no hizo más que perpetrar el mayor acto de saqueo que se haya visto en ese país, al punto de llevar al borde de la quiebra a la mayor “joya de la corona”, la multimillonaria Petrobras.

Lula ilusionó a millones de brasileños, especialmente a los viven agobiados por la miseria, que se convencieron de que al fin había llegado un obrero de izquierda al poder, que haría las cosas de manera distinta y que acabaría con la injusticia, con la extrema pobreza, con el crimen, la marginalidad y tantos otros males que afectan a la mayor parte de los 210 millones de habitantes.

En lugar de cambiar las estructuras que ayudan a reproducir la triste realidad social brasileña, Lula se dedicó a distribuir las migajas de la bonanza, como han hecho todos los gobernantes populistas de la región, que además, han tejido una red clientelar gigantesca que ahora lógicamente llora por esas dádivas, esos privilegios, bonos y demás subsidios que muy pronto se esfumaron, en la medida en que se acabó el periodo de “vacas gordas” y las nuevas élites de bandidos encaramados en el Estado se engulleron la porción más grande de la torta.

Detrás de ese llanto de muchos brasileños, no solo está el engaño de las masas, la pérdida de fe en un futuro mejor, sino también la inversión de valores presente en una sociedad que tolera la corrupción porque se beneficia de ella, que sigue pensando en que hay que perdonar al político ladrón que “roba pero al menos hace algo” o que da la sensación de igualdad, de lucha contra la pobreza, de distribución de la riqueza y justicia social por medio de frágiles y engañosas políticas asistencialistas que son un insulto para los pobres, una manera de esclavizarlos.

Hemos visto cómo han encarcelado a los dictadores, cómo han salido huyendo o han sido destituidos los liberales y ahora les toca el turno a los líderes de izquierda, que supuestamente eran la esperanza de América Latina, la reserva moral, la última oportunidad de encarar la política con ética y justicia. Y en vez de llorar, los ciudadanos deberíamos aprender la lección y comprender que ha llegado la hora de buscar otro rumbo.

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