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Editorial
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La democracia es posible
Viernes,  10 de Agosto, 2018
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Argentina ha dado uno de los mejores ejemplos en el ejercicio de la democracia en América Latina y ha demostrado, con el debate sobre el aborto, que sí es posible abordar un asunto tan espinoso, complejo y polarizador sin apelar al rodillo, a la patota y el abuso de poder, métodos tan usados por regímenes políticos que han erradicado la discusión pública y han desterrado la disidencia, aspecto fundamental en el progreso social.

Los sectores que apoyan el aborto en Argentina son impetuosos, tienen gran capacidad de movilización y los medios de comunicación, que suelen inclinarse por lo políticamente correcto y por una ideología supuestamente “progresista”, les brindan abundantes espacios. El populismo reinante durante los 12 años de la era kirchnerista ayudó mucho a estos grupos radicalizados, a quienes les ayuda mucho la corriente anticlerical que ha cobrado impulso en el país desde que Perón se estrelló contra los curas y mandó saquear los templos católicos.

Consciente de esa realidad, el presidente Mauricio Macri inauguró un proceso de debate público que transcurrió durante casi un año en todo el país y que les permitió a todos los que se sentían involucrados en la discusión sobre el aborto, hacer aportes, exponer sus puntos de vista, hablar sin miedo y fijar posiciones contrarias a las que en ese momento parecían encaminar el debate hacia una aprobación asegurada de la ley de interrupción del embarazo. La confianza y la apuesta de los abortistas era tan grande, que llegaron al extremo de plantear la gratuidad de la atención de las mujeres en hospitales públicos, donde se pretendía obligar a los médicos de turno a hacer un legrado o un raspaje. 

Gracias al espacio y a las condiciones que garantizó el gobierno de Macri, voces que estuvieron durante muchos años apabulladas por la montonera kirchnerista pudieron expresarse libremente, exponer sus puntos de vista y hacerse escuchar por una sociedad que abrazó el debate con madurez y seriedad. Médicos de centros estatales, científicos, intelectuales, docentes, periodistas y por supuesto, también exponentes de distintas denominaciones religiosas tuvieron su momento y su lugar para hablar y mostrar su pensamiento sin temor a los “escraches”, esa forma tan vulgar y violenta que usan las “feminazis”, los piqueteros y todo tipo de facinerosos que tenían copado los espacios públicos en Argentina, de la misma forma que lo han hecho en Bolivia los denominados “movimientos sociales”.

La ley del aborto fue aprobada por la Cámara de Diputados, pero aún necesitaba la venia del Senado. Hubo amenazas de bloqueos y paros. Era la oportunidad política para que el populismo, derrotado en las elecciones de 2015, reciba el oxígeno que necesita para retomar el poder. Sin embargo, el nuevo orden imperante, la normalidad impuesta por Macri, permitió que los silenciados puedan alzar su voz, salir a las calles y reunir multitudes que han asombrado a todos. El Senado comprendió en este contexto que la mejor salida es rechazar y extender el debate, pero seguramente bajo estas nuevas condiciones.

Gracias al espacio y a las condiciones que garantizó el gobierno argentino, voces que estuvieron durante muchos años apabulladas por la montonera kirchnerista pudieron expresarse libremente, exponer sus puntos de vista y hacerse escuchar por una sociedad que abrazó el debate sobre el aborto con madurez y seriedad.

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