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Editorial
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Con Lula preso no basta
Domingo,  15 de Abril, 2018
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Se ha cumplido la primera semana de la detención del expresidente brasileño Lula Da Silva y muchos todavía no pueden creer que haya sucedido. Sus detractores, porque jamás soñaron con el fin de la impunidad y quienes lo apoyan, porque siguen ciegos ante la evidencia que llevó al líder socialista a la cárcel.

En los alrededores de la prisión que mantiene cautivo a Lula, cientos de personas permanecen en vigilia exigiendo su liberación; dirigentes, presidentes y personalidades de todo el mundo continúan gritando expresiones de apoyo, que no han dejado de resonar en la Cumbre de las Américas celebrada en Lima. En las redes sociales se multiplican los mensajes que hacen apología y que critican a la justicia brasileña por haber aplicado una sentencia basada en evidencias circunstanciales, en testimonios que supuestamente son rebatibles y otras pruebas que no implican directamente al exhombre fuerte de Brasil en el monstruoso escándalo de corrupción conocido como el “Lava Jato” cuyo daño al erario público en toda América Latina alcanza los ocho mil millones de dólares.

Los que defienden a Lula piden más pruebas y seguramente están esperando que la Policía Federal de Brasil muestre la fotografía del expresidente recibiendo un maletín lleno de dinero. Esa evidencia no existe, porque si algo ha quedado demostrado con este escándalo es la impresionante “ingeniería” de la corrupción que supieron montar dirigentes políticos, funcionarios, empresarios y abogados para ocultar operaciones ilícitas. Los investigadores han tenido que vencer toda una trama de encubrimiento que funcionaba en todas las instancias de Brasil y que seguramente opera en todas las naciones que han resultado involucradas en este caso. El mundo está impresionado con semejante estructura montada por políticos que deberían usar su inteligencia y habilidades para resolver los problemas de la gente, pero que las pusieron al servicio de las mafias enquistadas en el poder republicano.

Con el caso Lula ha sucedido algo parecido a lo que ocurrió con los dictadores condenados por las atrocidades cometidas en los años 70, periodo en el que se puso en marcha una maquinaria de la represión política, perfectamente aceitada para asegurarse la impunidad. Los jerarcas que terminaron tras las rejas fueron sentenciados gracias a pequeñas fisuras producidas en ese esquema, en ocasiones por el crimen contra algún ciudadano extranjero o un detalle suelto que no pudieron tapar los sátrapas que jamás dejaron de alegar su inocencia. 

Precisamente el Lava Jato, ha demostrado lo débil que todavía es la democracia en el continente; que aún existen bandidos y caudillos que se pueden apropiar de ella como hicieron los tiranos del pasado; que las instituciones son muy fáciles de bastardear y convertir en cómplices del latrocinio generalizado; que la justicia y la búsqueda del bienestar ciudadano son todavía utopías muy lejanas, tanto como la política como sinónimo de servicio al país. 

El Lava Jato, ha demostrado lo débil que todavía es la democracia en el continente; que aún existen bandidos y caudillos que se pueden apropiar de ella como hicieron los tiranos del pasado y que las
instituciones son muy fáciles de bastardear y convertir en cómplices del latrocinio generalizado.

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