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Editorial
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Arriba Colombia
Jueves,  9 de Agosto, 2018
Arriba-Colombia

Colombia es un país que podría estar peor que cualquiera de las naciones de América Latina. Peor que su vecino más cercano, Venezuela y, por supuesto, que Argentina, que Brasil o México, donde el narcotráfico todavía no alcanza los niveles de horror que causó en Medellín, Cali o Bogotá.

Colombia ha sufrido los embates del grupo guerrillero más antiguo y más violento de la región y uno de los más longevos del mundo, cuyas acciones fueron acicateadas por las mafias de la droga, que también fomentaron el crecimiento de grupos de paramilitares, que en los años 80 y 90 formaron parte de un coctel explosivo que puso en riesgo la existencia misma del Estado y que bastardearon el sistema político como en ningún otro país.

Las narcoguerrillas de las FARC, el ELN, los cárteles de la droga, el terrorismo de Pablo Escobar, el bandido más peligroso del mundo y ante quien el "Chapo" Guzmán se asemeja a un traficante de poca monta; el drama de los desplazados y para colmo, la arremetida del populismo chavista, que durante los últimos 15 años descargó toda su artillería ideológica y militar sobre Colombia, para convertirlo en otro más de sus satélites, pudieron haber degenerado en el populismo socialista que se extendió como una plaga sobre el continente y que ha provocado problemas mucho más graves que todos los que han tenido que enfrentar los colombianos durante tantas décadas.

Tentaciones y peligros de caer en el populismo no han faltado. Hugo Chávez financió como nadie el crecimiento de la izquierda en Colombia, al extremo de conseguir numerosos e influyentes puestos en el Congreso, que ejercieron una enorme gravitación en las decisiones de Gobierno. Para nadie es desconocido que los terroristas de las FARC recibieron un amplio apoyo político y financiero del chavismo que también les ofreció refugio en territorio venezolano, tal como lo hizo Rafael Correa en Ecuador. 

La figura del exmandatario Álvaro Uribe fue clave para combatir el narcotráfico, el terrorismo y, por supuesto, para repeler la enorme influencia de Chávez y Castro, para quienes la anexión de Colombia a sus propósitos hubiera sido de gran importancia estratégica. Pero incluso Uribe intentó aplicar la misma medicina y buscó la fórmula del reeleccionismo, hecho que no prosperó gracias a la solidez institucional y a la templanza de las élites gobernantes.

Ni siquiera Chile o Brasil, que pueden presumir de sus vigorosos andamiajes constitucionales y la calidad de sus instituciones, fueron capaces de repeler la influencia del Foro de Sao Paulo como lo hizo Colombia, que durante estos años ha podido zafarse del intento de reconstrucción del Muro de Berlín en América Latina, con todas las taras, ideas muertas y fracasos que ha provocado el socialismo en todas las latitudes durante los últimos 100 años. Por todo esto, no podemos menos que celebrar una nueva transición democrática en ese país, donde han renovado el compromiso de luchar en contra de las dictaduras que intentan consolidarse en Venezuela y otros países.

Ni siquiera Chile o Brasil, que pueden presumir de sus vigorosos andamiajes constitucionales y la calidad de sus instituciones, fueron capaces de repeler la influencia del Foro de Sao Paulo como lo hizo Colombia.

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